1.INTRODUCCIÓN.

 

Han pasado casi 10 años. Pero no lo olvido. Mi coche se acercaba lentamente al pueblo. Ella iba sentada a mi lado, después de unas semanas con nosotros la llevaba de vuelta a su casa. Probablemente aquella fue la última vez.

La miré y comprobé con amargura cómo el paso del tiempo no perdona a nadie. Ya no era esa mujer esbelta, firme y de pelo negro.

Aun recuerdo como antaño, siendo un niño, mi padre la acercaba por la carretera de Pilas en su viejo Renault 12 amarillo, o si el tiempo lo permitía por la pista de albero que unía al pueblo con Hinojos y que más tarde convirtieron en carretera.
Su pelo se había vuelto blanco y las arrugas poblaban su tez aunque sin llegar a ocultar por completo su belleza, su bondad, su carácter y su fuerza. Pero si había algo que ni el paso del tiempo, ni las circunstancias físicas, pudieron cambiar, ese algo era el momento en que tras unas semanas con nosotros, desde la ventanilla del coche lograba vislumbrar a lo lejos la esbelta figura de la torre de la Iglesia. SI el ángel que anunció a María la Buena Nueva llegó a iluminar la habitación donde la Virgen se encontraba, estoy seguro que lo hizo con la misma luz con la que a mi abuela se le iluminaba el rostro al sentirse cerca de su pueblo, cerca del pueblo, como todo manriqueño que conozco denomina a Villamanrique. Incluso podría intentar comparar su alegría con la del pueblo de Israel al llegar a Tierra Santa tras la travesía del desierto, pero os aseguro que me quedaría corto.
El amor de mi abuela, el amor de Paca la de Caeno, como todos la conocíais, por su pueblo y su gente eran su seña de identidad. Ella sin ese mundo que la envolvía, sin ese maravilloso y acompasado día a día que comenzaba en la Calle Arriba, no era nada. Su vida en el pueblo, después de muchos años alejada de él, era su esencia, era el oxígeno que le daba la fuerza para luego entregarse a los demás, y especialmente a su familia, a mi familia.

                   

Por ello:

 

Rvdo. Cura-Párroco y Director espiritual de la Hermandad. D. Carlos Blanco Rodríguez.
Exsm. Sr. Alcalde y demás concejales de la Corporación Municipal del Ayuntamiento de Villamanrique.

Presidenta y Junta directiva de la  Asociación Parroquial "Hijas de María" de Villamanrique
Presidente y Junta de Gobierno de la Primera y más antigua Hdad. del Rocío de Villamanrique.
Presidente y Junta directiva del Grupo de "Cáritas Parroquial"

Representante de la Hdad Matriz de Almonte.

 

Querido tío Paco.

 

Hermanos y Hermanas en Cristo


 

 

Por ello estoy yo aquí, disfrutando de este magnífico honor y a la vez de tan enorme responsabilidad.

Y digo que estoy yo aquí, no sólo en el sentido físico.
Todos somos lo que la vida y nuestras decisiones nos han llevado a ser. Pero hay momentos, paisajes y personas cuya influencia dejan su marca indeleble sobre nosotros.
Los años de infancia que pasé correteando por estas calles y la figura de mi abuela han sido determinantes en mi forma de ser, pensar y sentir. Todo lo que hoy pueda transmitir nace aquí….nacío aquí a escasos 100 m, en un patio lleno de macetas con flores, a la espalda del Colmáo y a la sombra de la torre del campanario de esta, vuestra Parroquia, de esta nuestra Iglesia.


Por todo esto:

Dejadme, permitidme

Romper las barreras del tiempo,

Destruir coordenadas espaciales,

Para poder dibujar,

con el pincel de las palabras

y sobre el lienzo del recuerdo,

aquellas Semanas Santa,

en este bendito pueblo.

 

Permitidme,

Dejadme por un momento,

Corretear vuestras calles,

Jugar en los porches,

o en las Plaza del Convento,

ir al cine de verano,

Con Cándido, Juan Antonio y Rafael

Amigos de aquellos tiempos…

 

Dejadme, Permitidme,

Dar luz a nuestra ceguera

Para ver como,

desde el balcón de los cielos

Se encuentran hoy presentes

aquellos que ya se fueron:

Mis tías Evelina, Pepa y Concepción,

La Pilonga, Tito Paco Caeno,

Madrina, Mari Pepa, su hermana Amparo

Que me decía el almonteño.

Y mi abuela, junto a Luis Pito

Al que no conocí: Mi abuelo,

Orgullos , estoy seguro,

De su nieto pregonero.

 

Por ello:

Permitidme, dejadme.

Porque mi madre nació en el pueblo

Porque me críe en sus calles,

Porque lo llevo en la sangre,

Y es como yo lo siento,

Os lo ruego,

Aunque sea por esta noche

Dejadme ser MANRIQUEÑO.

 

 

 

2.SER COMO UN NIÑO.

Aquella tarde de Sábado de Pasión era especial. El niño, esperaba con impaciencia que su padre se terminará de arreglar.
-Ándate ligero José, que vas tarde- le gritó la madre a al padre desde el sillón donde cocía y daba los últimos retoques al traje de acólito que su hijo, por primera vez, iba a llevar en la estación de penitencia de su hermandad de la Vera Cruz.
A lo que el padre con parsimonia e ironía contestó:

-Ándate ligero, escamóndate bien, todo a la vez no es posible, niña, si se escribe rápido se sale uno del renglón, además de llevar al niño a la Iglesia siempre te has encargado tú.

A lo que la madre contestó con el típico gracejo manriqueño:

- Prepara el traje de nazareno del papá, el trajecito pal niño, haz la cena, lleva al niño a la iglesia, todo a la vez no es posible…así que, niño, elije.

- Vale tú ganas, ya acabo- le dijo el padre sabiendo el riesgo que corría de tener que cenar avellanas anca el Bolero.

En el fondo, si ilusionado estaba su hijo, más lo estaba él. Habían pasado unos 25 años desde que José salió por primera vez con la hermandad. No fue un año cualquiera, después de años de ostracismo la Antigua Hermandad de la Vera Cruz volvía a reaparecer, volvía a renacer como otras veces lo había hecho en su historia. Ya lo decía su abuelo, lo importante son las raíces, si las raíces son fuertes el árbol vive, no importa lo duro que sean los inviernos, al final da sus frutos. Precisamente por ello, porque la Hermandad había enraizado con fuerza en el alma de Villamanrique, en 1981 comenzó su nueva singladura, con un entrañable y humilde Via Crucis. Las cosas importantes siempre nacen de la sencillez, no podemos olvidar que el mismo Jesús nació en un humilde pesebre. Aunque José había oído hablar a sus padres de aquel día, él no lo recordaba. Su primer recuerdo se remonta a la primavera de 1986, cuando el Cristo volvió a procesionar con hermanos nazarenos, él era uno de ellos.

-         Ea, ya estoy listo, vámonos Fco.
Cogió de la mano a su hijo y aún envuelto en sus recuerdos emprendieron camino para la iglesia del pueblo.

Aquella tarde se celebraba uno de los actos más simbólicos de la hermandad: el traslado del Cristo a su paso.

Cuando entraron la iglesia estaba casi llena. La misa estaba en su parte final.
Se quedaron de pie, cerca del lugar donde la Cruz se hallaba apoyada sobre dos columnas. Y clavado en ella, el Cristo, cercano, silente, como si el calvario que le esperaba se fuera ciñendo inevitablemente sobre él.

-¿Papá por qué no nos sentamos?

La verdad es que él nunca se sentaba, eso no era cosa de hombres, pero ante la insistencia de su hijo y superando su vergüenza inicial decidió sentarse lo más cerca posible del Cristo, mientras los parroquianos entonaban el Santo, Santo..
El niño miraba fijamente al Señor, ajeno a todo lo que ocurría alrededor.
-Papá, Papá
- Dime hijo, ¿qué quieres?- susurró el padre.

¿Papá, por qué lo mataron?

-         ¿A quién?

-         A quien va a ser al Señor.

-         Uf, porque era muy bueno hijo, muy bueno.

-         Papá ¿Tu quieres que me maten?

-         Pero qué dices, cómo voy a querer yo que te maten- contestó el padre con un tono, que fue rápidamente recriminado por la señora que estaba sentada al lado y que se disponía a darle la paz.

-Entonces ¿Por qué me dices que sea bueno?

- Pero es que no fue por ser bueno exactamente.

- ¿Entonces?
En aquel momento se le vino a la mente aquella cantinela que tantas veces había escuchado. Esbozó una leve sonrisa como símbolo de victoria y con aire grandilocuente le dijo:

- Murió por nosotros, por nuestros pecados, por eso murió.

- Ah- dijo el niño mientras la señora de al lado se levantaba para comulgar.
El silencio momentáneo de su hijo le hizo sentir orgulloso.

Pero no duró mucho.

-¿Y qué es un pecado?

-Un pecado, pues eso, decir palabrotas, desobedecer, comé carne en viernes, pues eso un pecado, un pecado es un pecado.

-¿Y cómo sabían los que los mataron que yo iba a decir palabrotas y tú te ibas a jarta de pringá los viernes de cuaresma?- preguntó de nuevo mientras el cura daba la bendición y la iglesia se preparaba para el esperado traslado.

-Niño, ya está bien: “Preguntá” esas cosas sí que es pecado, eso es pecado, “preguntá” lo que no se debe.

Las luces se apagaron. Un foco iluminó el rostro del Cristo, que fue portado en hombros hasta llegar al Coro. El silencio se apoderó de la iglesia, y también de José y de su hijo Fco.
Mientras el Cristo ascendía, Fco. pensó que igual ya se iba para el cielo, pero no se atrevió a preguntarlo, porque preguntar era pecado.
Los hermanos costaleros colocaron el paso debajo del Cristo. Mientras este bajaba alguien rompió el silencio con una saeta manriqueña:

 

SAETA

El silencio, la saeta, los recuerdos de su infancia y el semblante del Señor, ya colocado sobre su paso, hizo que José se emocionara y apretara con fuerza la mano de su hijo.

Se marcharon directamente a casa. No mediaron palabras. En la mente del niño las preguntas se agolpaban, pero tenía miedo de preguntar no fuera a ser que por su culpa le fueran a poner más clavos al señor y no pudiese resucitar como hacía cada año.

 

El padre estaba desconcertado. Cuando llegó le contó a la madre lo que había pasado.
- Lo mejor es que de esas cosas le hables tú, que yo me lió.

 

Al día siguiente, domingo de Ramos, el niño acompañó a su madre a la iglesia. Allí estaba el cura, con el que su madre, que era catequista charló un rato. El señor cura conocía bien a Fco. y sabía que aquel día estaba extraño. Cuando acabó de hablar con su madre se acercó a él.
- ¿Qué te pasa Fco., no es normal que hayas estado tan callado?
- Es que me ha dicho mi padre que preguntar demasiado es pecado y que por eso murió el Señor.

-         ¿Eso te ha dicho tu padre? A ver cuéntame.

 

Fco contó su versión al párroco, que hizo todo lo posible por mantener el semblante serio a pesar de que por dentro no hacía más que reír.
- Bien Fco, esto hay que solucionarlo. Dile a tu padre que cuando tenga que pasar por la parroquia para cosas de la hermandad, que no deje de venir a visitarme.

 

-         Lo que me hacía falta, el cura que quiere hablar conmigo, ¿a que quiere confesarme?- dijo refunfuñando José.
Su esposa sonrió.
- Ea, ya está, los dos trajes preparados el tuyo y el del niño. Y no seas tonto José, ¿no ibas a pasar hoy por la iglesia a ver los pasos? Pues busca al párroco que no te va comé.

Aquella tarde, tuvo que ir a la iglesia pero sin intención de visitar al cura. Aunque tuvo la mala suerte de encontrárselo justo cuando salía.

 

-         Hombre, me alegro de verte, llevo varios días esperándote, tengo algo para ti.

-         Precisamente a verlo venía D. Antonio- mintió al verse atrapado.

-         Ya me ha contado su hijo la charla que tuvieron, y mira no soy de dar sermones a deshoras. Cogió un papel y un bolígrafo, escribió unas letras, y se lo entregó plegado.

-         Cuando tengas un poco de tiempo y tranquilidad lee el párrafo que te he señalado, quizás ahí encuentres respuesta.

Cuando llegó a casa, intrigado, abrió el papel y leyó lo que allí ponía esperando encontrar respuestas a su desasosiego.

Ponía:

Mc 10,13-16

 

Le leyó todas la veces que pudo, pero no entendía nada, parecía un jeroglífico. ¡vaya con el señor cura!- pensó. Y dejó el papel olvidado.

 

Y así llego el gran día. El viernes Santo se había despertado soleado, la esbelta luna llena había dejado paso a un radiante sol.
A la hora prevista comenzaron a vestirse. La madre había dejado preparado todos los enceres en la habitación de estudio. Sobre la mesa, abierta se hallaba una Biblia pequeñita. Al padre aquello le llamó la atención, (con lo ordenada que es su mujer, pensó). Le echó una hojeada. Y entonces cayó, el papel del cura, seré tonto. Corrió por el papel, niño ¿cómo se busca esto aquí que se me ha olvidado?

Y lo encontró, y lo leyó, bajo los ojos sorprendidos de su esposa:

“En aquel tiempo, algunos presentaban a Jesús unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos. “

 

Y entonces todo encajó, el que no reciba el reino como un niño no entrará en él….

Lo de su hijo no era pecado, por el contrario, era la actitud de aquellos que si entrarán en el Reino de Dios, y la suya la actitud de aquel que tiene miedo, de aquel que su fe es tan endeble, que siente pánico a saber, por si ese saber le lleva a la increencia.

Miró a su hijo, luego al rostro del Cristo. La tradición se había cumplido. Su hijo salía delante del paso, como él lo había hecho antaño. Acababan de abrir la puerta. La cruz de guía se asomaba discretamente a la plaza del pueblo. Se dirigió hacia su hijo que ya estaba colocado en su sitio. Le dio un beso y susurrándole al oído lee dijo:
- El otro día llevabas razón, preguntar no es pecado, y te prometo que intentaré contestarte a todas las preguntas que me hagas, y si no las se, las averiguaremos juntos con ayuda de nuestro Cristo y su madre, María del Mayor Dolor.

-         Y de San Juan Evangelista.

-         Eso, y de San Juan- sentenció el padre mientras las hileras de nazarenos pisaban de nuevo las calles de Villamanrique.

 


Silencio, silencio,

Se acerca,

La cruz de guía se asoma,

Que mi Cristo ya está fuera,

Clavado en un vil madero

Lleva escrita su sentencia.

¿No es ese el nazareno,

El que andaba con rameras

Comía con publicanos,

Y hablaba como un profeta?

El que sanaba a los locos

Y tantos milagros hiciera

¿Para qué quiere el poder?

¿Por qué dejan que así muera?

 

         Silencio, silencio

         Se acerca,

         Su madre sigue sus pasos,

         Mas su rostro ya refleja

El más inmenso Dolor,

         Por la muerte que en la cruz

A su hijo amado espera.

 

Y entre tantos nazarenos,

José, en silencio reza,

Mientras llora al ver a su hijo,

Que con el incienso a cuesta,

Camina junto al Señor,

Como él de niño hiciera.

Y con lágrimas furtivas,

Cómo cera de las velas,

Le suplica al Santo Cristo

Que esta fe nunca se pierda.

 

         Silencio, silencio,

         Que la Vera Cruz,

         Hoy vuelve a procesionar

         Por las calles manriqueñas,

         Silencio, Silencio

         Que sean testigos los cielos,

         y testigo la luna llena,

         De cómo calla, de cómo llora,

         De cómo siente este pueblo

Cuando su Cristo se acerca.


 

3.La pasión en Villamanrique.

¿Y si la pasión del Señor hubiese ocurrido en Villamanrique?

A veces los recuerdos, las historias y los sentimientos se mezclan, haciendo que el tiempo y los lugares donde suceden las cosas carezcan de importancia…

Permitidme poder dar alas a mi imaginación, y perdonadme, por favor, las imprecisiones temporales y espaciales que pueda cometer.

 

Pedro, San Pedro, miraba desde lejos el rostro de Jesús en la Cruz. Los costaleros lo habían dejado sobre el suelo, después de traspasar la puerta de la Iglesia.
Pedro no entendía nada. Aunque mientras le quedara un hilo de vida, habría esperanza. Lo había visto sanar a ciegos, a leprosos, resucitar a Lázaro, ¿por qué no usaba su poder? No podía soportar la humillación a la que estaba siendo sometido, aquel por el que había dado tres años de su vida. A su mente vino la imagen del día en que lo conoció. Aquella mañana Pedro estaba ganándose el jornal cogiendo aceitunas en las parcelas de Chilla, así por la tarde podía echar otro rato en su campo que aunque no daba para mucho, entre una cosa y otra podía sacar pa mantener a su familia.

Fue allí donde apareció por primera vez, andando descalzo y no muy bien vestido. El capataz pensó que era un inmigrante que venía a pedir trabajo. Pero no, se sentó con los jornaleros a la hora del bocadillo y les habló cómo nunca nadie les había hablado.
-Pedro, tú que sabes trabajar el campo mejor que nadie, que sabes plantar semillas y cuidarlas pacientemente hasta alcanzar sus frutos, ven conmigo, te necesito, para hacer lo mismo con el corazón del hombre.

Pedro no entendía como el más humilde e inculto jornalero podría ayudar a aquel extraño hombre. Pero dijo que sí. Y lo dejó todo para seguirlo.
Pero ahora mirando su rostro sufriente, su corona de espina, sus muñecas atravesadas por los clavos, viendo a su Mesías, al Santísimo Cristo de la Vera-Cruz derrotado, alejándose por la calle Pilas, comenzaba a dudar si fue la mejor decisión abandonarlo todo por él.

 

Pedro decidió seguir al señor de lejos enfilando la calle Obispo José Mª Márquez, a pesar de que seguía sin poder comprender cómo podía estar ocurriendo aquello. ¿Si él era el Señor? ¿Si predicaba el amor? ¿Si sólo hacía el bien por donde iba?

 

De repente un grupo de personas que con sarna y burla disfrutaban del sufrir de Jesús en la Cruz lo miraron amenazante. Pedro apartó su mirada de ellos y quiso ocultarse entre el gentío, incluso pensó cruzar de acera, pero las columnas de nazarenos le impedían el paso.

- ¡eh tú!- gritaron mirándolo a él.

- ¿No eres tú uno de esos cristianitos que los domingos pierden el tiempo escuchando las tonterías que dicen los curas?

- ¿Yo? Creo que me confundís- dijo con voz temerosa y temblorosa Pedro- Si yo paso de eso.

- Seguro que es él, “pa” mi que este le da catequesis al hijo de mi vecina y le llena la cabeza de tonterías, como que hay que perdonar a los enemigos, que hay que poner la otra mejilla y otras sandeces de ese tipo.

- Qué no, que yo no pierdo el tiempo en esas cosas.

No es que el grupo de personas de actitud amenazante creyeran las palabras de Pedro, pero lo dejaron ir.

Pedro se adelantó dejándolos atrás y se acercó de nuevo al paso del Cristo que comenzaba a enfilar la calle Arriba.

 

Un hombre que paseaba por allí al mirarlo lo reconoció:

¿No eres tú el que iba en nombre de Cáritas recogiendo ropa para los inmigrantes, diciendo no se qué de ser cristiano y que no hay que caer en las modas y en el consumismo y ayudar a los que lo necesitan?

Yo no, esos serían algunos aprovechados que con esa excusa consiguen ropa y después las venden para sacar dinero- afirmó Pedro.

Ah, perdona te confundí con uno de esos tíos raros que siguen a ese tal Jesús, ya veo que eres de los míos- dijo el hombre dando una palmada sobre el hombro de Pedro.


Pensó que lo mejor era volver hacia atrás y alejarse lo más posible de la Cruz. Pero no fue fácil su huida. La gente se había agolpado en la plazoleta que había justo antes de entrar en la Calle Arriba. Miró, y pudo observar como el Palio de María Santísima del Mayor Dolor mecía acompasadamente sus bambalinas al toque de la marcha que compuesta en su honor.
Junto a Ella San Juan Evangelista. Pobre Juan, pensó, era el más joven del grupo. Lo encontraron cuidando sus ovejas en la dehesa Boyal, y al igual que todos quedó seducido por las palabras del Señor. “Necesitaré buenos pastores”- le dijó, y se unió al grupo.

 

De los ojos de María Santísima del Mayor Dolor no dejaban de manar lágrimas mientras veía como su hijo se iba apagando. San Juan la cogió de la mano intentándola consolar. Jesús desde la cruz se percató de la escena y sacando fuerzas dijo:
- Mujer ahí tienes a tu hijo.
Y luego mirando al discípulo amado añadió:
- Y ahí tienes a tu madre.

 

El palio del Virgen completó su chicotá en la Plazoleta que lleva su nombre entre el aplauso apasionado de su pueblo.

Pedro consiguió escapar de la muchedumbre y caminó apresuradamente en dirección al paso del Cristo con la intención de adelantarlo y huir definitivamente. Pero se encontré de nuevo un grupo de personas que lo señalaron diciendo:
-Mira ese es el “carca” que estaba el otro día hablando en contra de la pena de muerte, del aborto libre, y diciendo que si la dignidad humana, que si la vida es sagrada….y un montón de tonterías de esas.

-No, no, os equivocáis yo no soy- contestó Pedro a la vez que el sonido del martillo señalaba la preparación de una nueva levantá del Paso del Cristo de la Vera Cruz .

 

En ese instante los ojos de Jesús se clavaron en los suyos y un profundo silencio se apoderó de su alma. Silencio que sólo fue violado por el canto de un gallo que se escuchó a lo lejos.

 

Por Treinta monedas y un beso.

En la Cruz te vi Señor,

Aun resonaba el eco

De tu premonición:

Herido será el pastor

Dispersadas las ovejas.

¡Ay Pedro!, ¡Pobre Pedro!

Con que convicción

Prometiste al Señor

Permanecer a su vera.

 

 

¡Ay, Pedro!

Maldita la luz del alba,

Que alumbra nuestras vergüenzas

Maldita esa luz del alba

Que nuestros miedos alienta

Cada vez que un gallo canta.

 

¡Ay, Pedro!

Si tú negaste al Señor

Y hoy eres santo en el cielo

¡Qué no habré negado yo!

Sucumbiendo ante mis miedos

Hoy que corren malos tiempos

“pa” los que creen en Dios.

 

 

4.¿Morir por los demás?

 

El paso continuaba su prosecionar por la calle Arriba. José, a pesar de su compromiso con la sobriedad que siempre ha caracterizado a los nazarenos de su hermandad, volvió discret y disimuladamente la vista atrás para ver el rostro de su Cristo y de camino intentar ver cómo iba su hijo. Tras el antifaz sentía una extraña y reconfórtate paz. Un silencio especial, que hacía que sus sentimientos afloraran con mayor facilidad, pero también sus dudas. No dejó de pensar en las preguntas de su hijo, y en su incapacidad de contestarlas, entre otras cosas, porque siempre había sentido miedo de hacer preguntas que no tuvieran respuestas.

-         Papá. ¿por qué lo mataron?

Esas palabras resonaban constantemente en su mente. Y la realidad era que no sabía la respuesta. Sentía devoción por su Cristo, pero no sabía por qué estaba moribundo en la cruz, ni siquiera cuál era el sentido de su muerte:


Miro los clavos

Las sangre en tus manos

Y no logro entender,

Miro tu rostro

Y es grande mi asombro

Por tu padecer.

 

¿Quién puede acercarse

A lo más profundo

De tu sufrir?

Dime, Señor

Dímelo a mi,

Porque a veces no comprendo

¿De qué te sirvió morir?

 

Estaba sumido en esos pensamientos cuando el paso del Cristo paró a la altura de la tienda de Goyita.

Y fue allí donde los recuerdos de la infancia se aliaron con sus dudas y sus anhelos para buscar una respuesta a todo…

Aquel día de hace 32 años me desperté, como tanto otros días, con el sonido que producía el arrastrar de los pies de tita Concepción la Pilonga, prima hermana de mi abuela, y con la cantinela que producía el remover de una cucharilla sobre un vaso que sólo contenía dos dedos de leche y el espacio suficiente para que mi abuela lo rellenara de café. Pero la novedad no eran los ruidos rituales, sino el aroma, el olor a miel y canela que ya desde la habitación se percibía y que anunciaba la llegada de la Semana Santa.
-¡Torrijas! Exclamé en silencio.

Lo que contribuyó a que aquel día amaneciera embriagado con dos de los grandes misterios de mi infancia:
¿Cómo hacía mi abuela esas irrepetibles torrijas? Pues nunca llegué a levantarme tan temprano como para poder ver su elaboración, y por otro lado, qué ganaba mi tía Pilonga trayendo su propia leche en el vaso.

Pero el día depararía más sorpresas.
A media mañana llegó, con gran regocijo para mi abuela, una mujer vestida con hábito blanco, delgada y de rostro dulce y risueño.
¡Ay, Milagritos, qué alegría verte!- dijo mi abuela mientras la abrazaba.
¿Milagritos?, al principio no acertaba a recordar quién era.
- ¿Y este niño tan guapo quién es?

-El mayor de mi Pepita.
- ¡Uy cómo ha crecido! Claro si hace tres años que no lo veo.
Entonces comprendí. Era Milagritos, la hija de Goyita, la que estaba de misionera en Egipto. Si, la recuerdo porque mi madre conservaba un ejemplar del ABC donde salía una foto de ella.
Se sentó y comenzó a hablar. No le quité ojo. Sentía una mezcla de admiración y de incomprensión, porque en mi cabeza de niño no cabía el hecho de que alguien voluntariamente pudiera estar tantos años sin ver a su familia. Muy fuerte tendrían que ser sus razones.

- ¿Cómo está las cosas por allí? ¿Cuándo te vuelves definitivamente?, la batería de preguntas eran interminables.
- No pienso en volver, mi vida está allí en mi hospital atendiendo a los más necesitados.
- ¿Pero si no son ni cristianos?
- Jesús nunca hizo distinciones por esas razones ni por otras, simplemente se entregó a los pobres, a los enfermos…
-Si pero debe ser peligroso vivir allí. Mira lo que ha salido hoy en el telediario, han asesinado en El Salvador a un tal Oscar Romero, un arzobispo. Si matan a los obispos qué no pueden hacer con las monjas.

- ¿Y por qué lo mataron? ¿Por qué mataron a un obispo?- dije entrometiéndome en la conversación de los mayores como por otro lado yo solía hacer.

Me miró y sonriendo me dijo:

-Por lo mismo que mataron al Señor.

Por decir verdades como catedrales, por ponerse al lado de los pobres, de los marginados y sobre todo porque molestaba. Porque al luchar con las injusticias amenazaba el estatus de los poderosos. Nadie quiere perder el estatus que tiene, menos Dios, claro está, que siendo el primero de todos decidió ser el último, el más pequeño de los servidores entregando su vida en la cruz.

Por eso yo también decidí dar mi vida en servicio de los demás.

 

José estaba sumido en esos recuerdos cuando sintió como el diputado de tramo daba orden de emprender la marcha.
Aunque desde fuera no se pudiese ver, algo había cambiado en el semblante de José. Miró de reojo a su Cristo en la Cruz y le dio gracias por haberle inspirado, encontrando en sus recuerdos, las respuestas a sus dudas, y a las de su hijo.


Te busqué, Señor, sin descanso

En las más bellas iglesias,

En elegantes palacios,

En catedrales esbeltas,

Y en los más hermosos cuadros.

 

Y no te hallé, Señor,

Pero seguí buscando.

 

Indagué en mil manuscritos

En los mejores tratados,

Hablé con los eruditos,

Con los hombres más versados

Y tampoco te encontré,

Pero seguí buscando.

 

Hasta que observé en silencio

El mundo en el que me hallo,

Y te encontré junto a aquel

que malvive marginado,

con el que hambre padece,

con los niños explotados

junto a mujeres esclavas,

con el mendigo del barrio.

Y vi tus manos y tu rostro

En los que viven luchando,

Para que llegue tu reino,

Por un mundo más humano,

En los que alzan la voz,

Y su vida acaban dando,

Te hallé señor,

como siempre,

por los hombres,

por nosotros,

de nuevo CRUCIFICADO.

 

Sirva este párrafo, para desde aquí hacer un homenaje y expresar mi admiración por aquellos manriqueños y manriqueñas que a imitación de Jesús han dado o están dando su vida por los demás: Milagros la de Goyita, Blas el del Zapatero, Ángela Márquez, María Bayard y mi querida tía María Rosa Chacón, entre otros

 

5.Muerte de Jesús.


La comitiva continuó su camino: Plaza San Roque, Calle Santiago , Capilla de la Virgen del Rocío,Calle Juan López Sánchez.
La cruz de guía giró hacia la Calle Duques de Orleans. Pedro, camuflado entre la gente observaba como el maestro, como Jesús de Nazaret agonizaba en la cruz.
¡Si me hubiese dejado! Saqué mi espada para defenderlo, y no me dejó:

-Vuelve la espada a su sitio, quien a espada mata a espada muere- me dijo mientras le ataban las manos.

¡Y qué más da! ¡Al menos no estaría moribundo en la Cruz! –se lamentaba.

 

Tras Jesús seguían su Madre María del Mayor Dolor y el discípulo amado que al compás de Amargura seguían la estela de la Cruz.
Pero había alguien más, una presencia que no había abandonado al Cristo de la Vera Cruz en ningún momento del recorrido. Pedro miró hacia arriba y en forma de alta torre, estaba ella, María Magdalena. Su valentía contrastaba con la cobardía que el propio Pedro acaba de mostrar.

De pronto como presagio de lo que tenía que ocurrir se hizo la oscuridad en la calle. Sólo se podía apreciar el reflejo de las luces de los hachones del Cristo.

El Cristo paró. El silencio se había apoderado del lugar de tal manera que desde la lejanía se pudo escuchar los últimos susurros del Señor:
- Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?
Si desconcertado estaba Pedro, tras aquellas palabras acabó hundido por completo al entender que el fraude se estaba consumando: al que creía el Mesías había sido abandonado por Dios, por su propio Padre. Nada más había que hacer. Jesús les había engañado.
Fue entonces cuando en la siguiente “levantá” Jesús dando un fuerte gritó entregó su espíritu y pereció.

Los lamentos se extendieron por el resto del recorrido en forma de saetas.

Pedro observó en el rostro de María, el Mayor Dolor que un ser humano puede sentir. Se acercó a Juan, al más joven de los discípulos.
- Juan, ya lo has escuchado, huyamos, vuelve conmigo al campo a cuidar tus borregas.
Pero Juan había prometido al Señor cuidar de su madre y así lo haría.
Por ello continuó el camino con ella mientras poco a poco se acercaban a María Magdalena, donde concluyó la estación de penitencia de la Venerable, Real, Muy Antigua y Sacramental Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, María Santísima del Mayor Dolor y San Juan Evangelista.

 

6.Soledad

Pedro salió a las afuera del pueblo, donde se encontró con otros discípulos de Jesús.
-José de Arimatea ha reclamado el cuerpo y le ha preparado un sepulcro. ¿qué vas a hacer tú Pedro?

A pesar de su estado, decidió ir a darle un último adiós a su maestro y se dirigió a la iglesia donde la procesión no hacía mucho que había entrado.

Ya no había rastro de la Cruz. La gente se agolpaba en un lateral. Se acercó como pudo y allí lo halló como nunca hubiese deseado verlo, su cuerpo yacente estaba siendo preparado para su Santo Entierro.
Parecía que mil puñales se habían clavado en sucorazón. Ante tan inmenso dolor, se le vino al pensamiento María su Madre. Buscó con la mirada hasta que justo encima del Cristo yacente la encontró. Su rostro era distinto, su dolor era distinto, porque de Ella se había apoderado un inmenso sentimiento de Soledad.

Soledad, Pedro no concebía su vida sin él, Pedro no concebía un mundo sin ÉL.

 


Soledad…

Si tú no estás Señor,

Si no eres Hijo de Dios

¿Que quedará…?

Soledad…

Ceguera en el corazón

Tristeza, hambre, dolor

¿Qué quedará…?

Soledad…

Si tu muerte es real,

Si hasta al Padre te abandonó,

¿Qué quedará?

Soledad…

¿Quién gozará del Perdón

de la reconciliación?

¿Dónde hallaremos la Paz?

¿Quién será fuente de amor?

¿Manantial de compasión?

¿qué quedará..?

Soledad, solo soledad

si tú nos falta Señor.


 

7.Resurrección

 

La más espesa oscuridad se había hecho en los corazones de los seguidores de Jesús.

La iglesia, María Magdalena, se había quedado sola. Al despertar sintió el irrefrenable impulso de ir al sepulcro donde el día anterior había sido enterrado el Señor.
Cuando llegó al sepulcro y lo encontró abierto y vacío, se le nubló la vista y se derrumbó. Sintió que todo había acabado. Comenzó a llorar. Miraba el sepulcro, y las imágenes y el eco de sus palabras se agolpaban en su mente, juntándose con las escenas de la crucifixión y con las burlas y reproches de aquellos que no se habían fiado de él.

 

El no estaba. No escucharíamos más su voz ni sus palabras, ni volveríamos a sentir su presencia que nos llenaba de vida. Miró al sepulcro queriendo morirse también.

 

¿Qué había pasado? ¿Cómo explicar qué su cuerpo no estuviera allí?

 

No sé si es el mejor momento pero quisiera contaros algo.

Hace uno días mi hermano José Antonio, me envió una sevillana que acababa de componer.

¿Lo qué cuentas es cierto? – le pregunté, y entonces me contó la historia.

A poco de morir mi abuela mi tío Luis cortó unas ramas al rosal que mi abuela tenía en su patio y lo injertó en la casa que tenemos en el campo. Lo curioso es que hubiese hecho frío o calor, sin regarlo en todo el verano, el rosal siempre acaba dando flores.

-         Eso es imposible- nos decía un amigo conocedor de la floricultura- alguna explicación científica debe haber.
La cosa no acaba ahí. Hace unos días recabando datos para este pregón con mi tío Paco, le referí lo de la sevillana.
Entonces me contó que cuando hizo la obra de casa de abuela cambió el arriate de lugar. Injertó de nuevo el rosal, pero añadió más rosales que les habían dado.

Lo curioso, me contaba, es que sólo florecía el rosal de abuela, hasta que acabé retirando el otro.

 

 

¿Qué pasó? ¿Cómo explicarlo?

María Magdalena pensó que el cuerpo había sido robado lo que aumentó más su pena.

         De pronto le pareció ver algo luminoso en la sepultura, pero sólo notaba el vacío, el cuerpo de Jesús que había ido a buscar no estaba allí. De repente notó que no estaba sola y pensó que podían ser los que se habían llevado su cuerpo. Pensó en enfrentarse con ellos, en pedirles, exigirles que le dijeran dónde le habían puesto. Entonces oyó a alguien pronunciar su nombre: María. ¡era su voz, no podía confundirse! Estaba allí, a su lado, no había duda, era él. ¡Así pues, él tenía razón, Dios estaba de su parte!
Y olvidó lo que parecía obvio, lo fácil, lo racional: Nadie había robado el cuerpo.

 

Por cierto olvidé reproducir la letra de la sevillana que me envío mi hermano:


Al poco tiempo de irte

De tu patio yo corté

De tu rosal una rosa,

Y la sembré.

Y sin apenas regarlo

Crecío…

Y dándole la calor

Creció…

Y nadie sabe por qué,

Nadie encuentra explicación.

 

Sigues viva en tu rosal

Ni el sol, ni el viento, ni el frío

Te pudieron marchitar,

Hoy se bien

Que está conmigo.

Sigues viva en tu Rosal.

 

 

A la mañana siguiente, Pedro despertó temprano. Su dolor, su indignación , su tristeza, eran si cabe aun mayores que el día anterior.

Sin embargo, en el pueblo el ambiente era distinto. La gente parecía haber olvidado todo los sufrimientos de los días anteriores.

Aquello no hizo más que acrecentar la rabia que sentía:

¿es que ya han olvidado como Jesús fue prendido, atado, maltrado y paseado como un cautivo? ¿Es que no recuerdan como sufría con la cruz a cuesta por las calles del pueblo? ¿Es que no sienten el estruendo de los martillazos con los que lo clavaron en la cruz? ¿Pero si sólo hace un día que su cuerpo transitaba muerto seguido por su Madre?

 

Tenía que huir, no lo podía soportar. Emprendió camino sin rumbo fijo. Tras él las voces de María Magdalena, lo perseguían eufóricas:

-Pedro, él no está, no esté en el sepulcro, está vivo…dice que os vayáis todos a la laguna San Lázaro y lo esperéis allí.

Mujeres- pensó- siempre fantaseando.

Pobre Pedro, dudar de las mujeres, que fueron las únicas que se mantuvieron fieles a Jesús en los malos momentos. Dudar de María Magdalena que fue la primera enviada del Señor. ¡qué pena que aun haya gente hoy en día, y en nuestra propia Iglesia, que piensen así de las mujeres y no les nieguen la importancia y el papel que el propio Jesús les dio!


¡Mentira basta ya de mentiras! ¡Jesús ha muerto! ¡yo lo vi enterrarse!

Sus pasos, veloces se alejaban, quería dejar de escuchar los ecos de las palabras de María. Salió del pueblo en dirección a Gato, subió la cuesta de, giró en la venta Mauro hasta la Raya Chica, para después atravesando las sendas que antaño abrieron los monteros de la villa de Mures, seguir camino por la Raya Real.

Y así siguió…hasta que a lo lejos divisó una ermita blanca.

Decidió entrar para descansar un poco.

Al fondo había alguien que portaba un niño en sus brazos. No podía ser, ¿estaría viendo visiones? ¿María? La Madre de Jesús.

Mientras más se acercaba más seguro estaba de que era Ella. ¿Dónde estaban sus lágrimas? ¿Dónde su Mayor Dolor, dónde su Soledad? Su semblante era sereno, bello, lleno de paz.
Y eso sólo podía significar una cosa. ¿Y si María Magdalena llevaba razón?

Aceleró su paso, hasta que se agarró a la reja que la protegía. Y allí obtuvo la respuesta. Miró a los ojos de María y comprobó cómo estos miraban con ternura hacia abajo.

Y allí estaba Él, su Hijo, el Pastor.

Una luz envolvió a Pedro, si a Pedro, al pescador, al inculto, al temeroso, al que negó a Jesús. Una luz, que devolvió la vista a los ojos de su corazón, y pudo sentir a Dios y comprender , que Jesús, era de verdad el Cristo, que Jesús estaba vivo.

Recordó las palabras de María Magdalena, y corrió sin pausa hasta el lugar señalado-

Y ya no tuvo dudas, la alegría se percibía, Jesús había resucitado.

Los demás se arremolinaron alrededor de Pedro y esperaron a que Jesús se apareciera…

…Y Jesús les dijo yo subiré pronto al Padre, pero dentro de cincuenta días id al lugar que llaman El Rocío, y allí en Pentecostés os enviaré al Espíritu Santo en forma de la más bella Paloma Blanca, Ella os guiará a lo largo de vuestra vidas, Ella será la guía del Pueblo de Villamanrique para que podáis dar fe de lo que habéis visto…

 

EPÍLOGO.

 
CRISTO VIVE.

Yo quiero ser como Pedro

Quiero sentir como Pedro,

Aunque mis miedos me venzan,

Y niegue al Rey de los cielos,

Aunque me lave las manos,

Como hizo el vil Pilatos

En vez de ser Cirineo,

Aunque por mi cobardía

Sea tan frágil mi fe

En los peores momentos.

 

Yo quiero ser como Pedro

Quiero sentir como Pedro,

Y vivir en mi interior,

La luz de la Resurrección,

Para ser un hombre nuevo.

Y con fuerzas renovadas

Gritar a los cuatro vientos,

Que en ese hombre que sufre,

O el que de gozo está lleno,

Que donde emana el amor,

Donde el perdón es sincero,

Donde germina una flor

En el que llora en silencio,

En la más bella sonrisa,

En un inocente beso,

Donde fluye la justicia

Donde habita un cireneo,

Yo QUIERO SER COMO PEDRO

Y CON FUERZAS RENOVADAS

GRITAR A LOS CUATRO VIENTOS

QUE EN EL CORAZÓN DEL HOMBRE,

CRISTO VIVE,

JESÚS NO HA MUERTO.

 

HE DICHO